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Érase una vez…la alimentación que cambió nuestro futuro.

Del mismo modo que en la naturaleza, las abejas, según prolonguen o no su alimentación con jalea real, se transforman en abejas reina o por el contrario permanecen como abejas obreras; los gemelos monocigóticos con idéntico ADN, pueden ser diferentes porque los factores ambientales a los que se someten (estilo de vida, polución, alimentación, etc…) son diferentes, y además porque cada individuo (y cada ADN) se regula de una manera diferente y predispone hasta incluso a enfermedades diferentes.

Cada día sabemos más sobre el importante papel que juega la nutrición en el mantenimiento de la salud, en la recuperación de ésta cuando se ve afectada, y en la prevención de enfermedades no transmisibles como la obesidad, sdr. Metabólico o enfermedades cardiovasculares e incluso alergias. Términos que antes nos sonaban a “ciencia ficción” como “Epigenética”, “Nutrigenética” y “Nutrigenómica”, cada vez nos son más familiares y nos permiten explicar cómo lo que comemos, influye y modifica nuestra expresión genética, determinando así nuestra salud y la de generaciones futuras.

No me voy a entretener con definiciones sobre estas disciplinas científicas (que por otro lado las tenéis en los enlaces) sino que voy a intentar aclarar hasta qué punto éstas pueden explicar que una buena alimentación pueda llegar a producir pequeños cambios en la expresión de nuestros genes que mejoren nuestra salud y la de hasta dos generaciones más. Por el contrario una no adecuada alimentación podría tener el efecto contrario sobre nuestra genética, predisponiéndonos así a enfermedades no transmisibles, como las anteriormente comentadas.

Cada vez existe más evidencia de que nuestra salud depende en mayor porcentaje de modificaciones ocasionadas por el ambiente (nutrición, estilo de vida y otros factores), que de nuestra propia genética. Y además es aproximadamente durante los primeros 1000 días de vida del niño (desde el momento de la concepción hasta los 2 años de edad), la etapa más vulnerable y determinante para que se produzcan algunos cambios en la expresión de sus genes que determinarán la salud presente y futura del niño y de sus descendientes (¡hasta la tercera generación!). Es decir, que algunos de estos cambios en la expresión genética se heredarán hasta tres generaciones.

Y unos de los responsables de estos cambios epigenéticos son los factores ambientales como el estilo de vida, la contaminación, el estrés, y sobre todo en edades tempranas, la alimentación. Por tanto, la alimentación que lleve la madre durante el embarazo, el tipo de lactancia que tome el niño, y posteriormente la alimentación complementaria y el paso a la alimentación adulta sobre todo durante los dos primeros años de vida, jugará un papel fundamental para producir pequeños cambios a nivel genético, que determinen su salud presente y futura. Y es en esta etapa, en la que me voy a centrar, a pesar de que estas modificaciones epigenéticas pueden tener lugar a lo largo de toda la vida.

Y para explicar todo esto, empezaré desde el principio y permitidme que para hacerlo más comprensible lo relate a modo de cuento o historieta…

…Érase una vez, una madre y un padre que querían tener un hijo. Estos padres tenían una carga genética (genes) determinada en sus gametos (óvulo y espermatozoide), que se unieron para dar lugar a un cigoto o huevo (futuro bebé) con unos genes, resultantes de su unión.

Estos padres, antes del embarazo se alimentaban de manera muy saludable, con una dieta rica en frutas y verduras (ricas en vitaminas y otros antioxidantes). También durante el embarazo, la madre se alimentaba de manera muy equilibrada y sana, ni por exceso ni por defecto. No comía “por dos”, si no “pensando en dos”, de manera que todo lo que comía iba a influir positivamente en el desarrollo presente y futuro de su bebé: ácido fólico, vitamina D y calcioácidos grasos omega-3, hierro, Zinc, Vitamina A y vitaminas del grupo B. A ambos les gustaban mucho las verduras como el brócoli, coles de Bruselas, coliflor, etc. Los bisabuelos del bebé, también se alimentaban muy bien, cultivaban fruta y verdura y su dieta era rica en estos vegetales. Estos nunca padecieron obesidad y fueron muy longevos, sin padecer ningún tipo de cáncer ni ninguna de esas otras enfermedades de las que tanto se habla ahora (hipertensión, diabetes mellitus, síndrome metabólico, etc.).

Y mientras el bebé estaba todavía en el útero de su madre, éste también comenzaba a formar sus gametos (óvulos o espermatozoides según el sexo del bebé). Y estos gametos, también se veían influidos por la alimentación sana y equilibrada de su madre, que les provocaría pequeños cambios en la expresión de sus genes, que serían muy positivos para la salud de los futuros hijos del bebé, es decir, de los nietos de sus padres.

Durante el período de lactancia, la alimentación de la madre, rica sobretodo en ácido fólico, yodo, zinc, vitamina A, vitamina B (B1, B6, B12), Vitamina D y DHA como forma principal de grasas, permitió que la lactancia materna (que es el mejor nutriente para el bebé de manera exclusiva hasta los 6 meses, y posteriormente combinada con la alimentación complementaria hasta los dos años) continuara produciendo cambios positivos en los genes del bebé protegiéndole de las enfermedades anteriormente comentadas.

Además, aunque el bebé tenía sus propias preferencias gustativas, la leche materna le permitió familiarizarse con los sabores de los alimentos saludables y variados que tomaba su madre. Y cuando los empezó a incorporar a su dieta, aparecieron estos sabores y los reconoció como agradables ya que le recordaban a los sabores de la leche de su madre.

Cuando el bebé se pudo mantener erguido, los padres lo sentaban en la mesa con ellos durante las comidas y el bebé relacionó la hora de las comidas como un juego divertido en el que descubrir en compañía de sus padres nuevos sabores y texturas, y aprendió hábitos alimenticios saludables imitando a sus padres en la mesa.

De manera que la alimentación que llevó el padre antes de la concepción y la que llevó la madre durante el embarazo y también durante la lactancia hasta los dos primeros años de vida, produjo una serie de cambios en la expresión genética del bebé que determinaron cambios positivos para su salud presente y futura y la de sus descendientes, previniéndoles de enfermedades no transmisibles como  la obesidad, alergias, diabetes mellitus, enfermedades cardiovasculares, etc.

FIN

Os recomiendo un par de documentales amenos y muy interesantes sobre el tema:

Referencias y bibliografía consultada:

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